“De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3)
Es impresionante escuchar a los niños. Todos sueñan y lo hacen a lo grande. Quieren ser bomberos, policías, médicos, presidentes de la república, y cientos de oficios. No hay nada que detenga su imaginación. Si les hablas de escalar una montaña, ellos lo quieren hacer. Sin embargo, a medida que van creciendo muchos van perdiendo esa alegría de vivir y dejan de soñar.
No me gusta hablar con algunos adultos, la mayoría vive aferrada a sus frustraciones y amarguras. Se concentran en lo que no pudieron y dejan de pensar en lo que pueden. Dejan de soñar y cuando eso ocurre, comienzan poco a poco a morir, a secarse por dentro, a quedar como flores disecadas, en los que se observa que alguna vez hubo alguna belleza, pero ahora está seca y sin vida.
Nunca deberíamos dejar de soñar. Quien deja de hacerlo hace de su vida un camino tortuoso. Hace tiempo conocí a un anciano vivaz, entusiasta, lleno de vida. Luego, su hijo me contó su vida. Era un pobre campesino cuando uno de sus tres hijos le rogó que lo pusiera en la escuela porque quería aprender. La sorpresa fue mayor cuando el primer día de clases se encontró teniendo a su padre como compañero de clases. Asistió con sus hijos al colegio, porque se dijo a sí mismo que no podía ser que sus hijos supieran y él no. Cuando su hijo ingresó al secundario él también lo hizo. Cuando decidió ir a la universidad, se trasladó con toda su familia para estar cerca y para que todos los demás tuvieran la misma oportunidad, y como era esperable, también ingresó y estudió, se graduó y trabajó unos quince años como pastor. Cuando se jubiló, un día le anunció a sus hijos que estudiaría ingeniería en computación, no quería que los computadores fueran un enigma para él y así lo hizo, y se graduó, y los últimos años ya muy anciano lleno de alegría, asesoraba a empresas, arreglaba computadores y vivía feliz.
Los que dejan de soñar se quedan sin la savia de la vida. Los sueños son el motor que anima la existencia, la que da la fuerza para que los individuos puedan aspirar y continuar. Sueños que producen energías que no se conocían. Los niños sueñan, los adultos deben aprender a ser como ellos.
Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez. Del libro inédito: Superando obstáculos
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