17 mar. 2017

Antes del honor


“Quien quiera recibir honores debe empezar por ser humilde” (Proverbios 15:33b BLS)


Muchos conceptos bíblicos van a contramano con la cultura y las formas de actuar del mundo occidental. Conozco personas que al leer este versículo arrugarían la nariz. Para ellos, parecer orgulloso y altanero, es simplemente, ganancia. La humildad, por otro lado, es vista como debilidad y se trata a las personas humildes como individuos raros o con poca seguridad en sí mismos. El cine y la literatura, generalmente pintan a los humildes como fracasados y perdedores. El arrogante, el poderososo, el que somete a otros parece ser la norma de éxito en la mente de muchas personas.


El escritor argentino Hugo Wast habla de la “inexpugnable fortaleza de los humildes” y se refiere a la mente de quienes han escogido lo contrario de la arrogancia y la vanidad. Es evidente que la humildad fortalece, da fuerzas para resistir a quienes no tienen otro norte que humillar a otros, exhibir éxitos o apabullar a quienes no han alcanzado sus logros, si es que se pueden llamar así a la acumulación de trofeos, títulos y galvanos. 


Una persona humilde sabe que todo es frágil, comenzando por la vida. Que al final, cuando llega la hora de los recuentos y los análisis, sólo nos quedan los amigos, los amados y las personas a las cuales hemos socorrido en el camino. Todo el resto marcha y no sirve.


El dinero, el prestigio, los títulos, los logros temporales, en algún momento dejan de importar, porque llega un instante donde todo ser humano debe hacer un alto y detenerse en lo importante. Ese es el momento en que definitivamente deja de jugar, y comienza a vivir. Lástima que algunos lo logran cuando les queda muy poco de vida.


La humildad engrandece. No porque el humilde lo busque, sino porque las personas que no se dejan seducir por el orgullo suelen tratar a otros con bondad, compasión y paciencia. La misma que ellos reciben cuando están en una situación vulnerable. En cambio, los orgullosos, van por la vida arrasando con todo lo que hay a su paso y al final, se quedan solos, rumiando soledad y preguntándose qué hicieron para merecer eso, sin darse cuenta que con un cambio de actitud la vida habría tomado un giro distinto. Aún no es tarde para muchos para comenzar a cambiar el enfoque vital que lo lleve a una vislumbre diferente de la existencia.


Oración: Amado Dios, dame tu humildad, la que tuvo Cristo, esa que demostró en más de una ocasión para señalar que finalmente los humildes son los que ganan.


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Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: ¡Háblame Señor!


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