8 sept. 2017

Asechando


“Unas veces está en la calle, otras veces en las plazas, acechando por todas las esquinas” (Proverbios 7:12)


En la novela La sonata del silencio, escrito por Paloma Sánchez-Garnica y ambientada en el período de post-guerra de España, la protagonista Marta Ribas recibe una oferta de trabajo en el hotel Ritz, el más lujoso de la época. Quien la entrevista luego de preguntarle si era casada, le dice:

—Necesitaré que traiga una autorización de su marido para que pueda trabajar, así cumplimos con lo que demanda la ley.

Una adulta, recibiendo una autorización. Ese es un claro ejemplo de infantilización de la mujer, que aún se sigue practicando y de modos más sutiles o abiertos en muchos lugares del mundo.

Aún recuerdo con estupor que acompañé a un joven pastor a conversar con un grupo de personas que se iban a bautizar. En el grupo había niños, varones adultos y mujeres. La reunión era para informar sobre el bautismo que se realizaría al día siguiente. Se pretendía aclarar dudas, señalar la ropa que tendrían que llevar y ver detalles de implementación. Cuando la reunión estaba terminando el pastor pidió silencio, porque ya todos estaban disponiéndose a partir y dijo:

—Apreciadas damas, no olviden que si se quieren bautizar mañana, tienen que traer una autorización de su esposo.

Levanté la mano y pregunté la razón. El pastor sin inmutarse me dijo:

—Sus esposos son la cabeza de hogar, son ellos los que deben decidir si ellas están o no en condiciones de bautizarse.

No se me notó mi molestia pero le dije:

—En ninguna parte de la Biblia aparece eso. No es correcto. Sus esposos no pueden ser conciencia de estas damas. ¿Qué pasará si alguna de ellas está casada con un no creyente?

El hombre me miró con cara de pocos amigos y volvió a reiterar:

—Ya saben hermanas, si no llegan con la autorización no hay bautismo.

No ocurrió en el siglo XVIII, eso pasó hace un par de años y aún me perdura la molestia de saber que algunos varones creen que pueden imponer sus criterios e irrespetar a las mujeres sólo por serlo. En el versículo de esta mañana se da la misma situación. La mujer debía estar recluída en su casa, sin salir, si lo hacía, entonces, era tratada como si fuera una prostituta, como la visualiza el escritor bíblico, fiel a su época.



Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez 
Del libro inédito: ¡Háblame Señor!

#MiguelÁngelNúñez #Meditacióndiaria #Devocional
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