15 mar. 2018

El idioma como herramienta



“No dejes de corregir al joven, pues unos cuantos azotes no lo matarán” (Proverbios 23:13 DHH02)

Venimos hace días intentando aclarar un concepto que se presta para abusos y formas de educar propias de la Ley del Talión, del ojo por ojo, aplicadas de manera impropia en contextos actuales.

Dijimos que este versículo es propio de una sociedad sin plenos derechos, donde hablar, por ejemplo, de “derechos del niño” era absolutamente desconocido. Los niños, jóvenes y aún adultos eran considerados propiedad del “padre”, es decir, del patriarca del clan. Ni siquiera el hijo propio era propio, porque si el padre no era el patriarca, las decisiones respecto al hijo las tomaba el dueño del clan, el único padre. Trasladar dicho contexto a la actualidad es no sólo impropio, sino irracional. Tendríamos, que para ser honestos, aplicar la pena de muerte de manera universal por situaciones como recoger leña en sábado, por ejemplo.

La otra clave para entender textos la da la linguística. Lamentablemente la mayoría es ignorante del texto original y sólo depende de las traducciones y se suele sacralizar las distintas versiones creyendo que después de esa (que en general es la que a mí más me agrada), no habrá otra mejor. Lo cierto, es que toda traducción es una interpretación, y por muy bueno que sea el traductor no puede evitar ser parte de un proceso cultural, ideológico y personal, que influye, sin duda en la manera en que aborda la traducción.

Esto es evidente en la forma en que ha sido traducido este texto. La mayor parte de occidente adquirió una forma de educación punitiva y una disciplina rigurosa. Frases como “la letra con sangre entra”, son parte de nuestro acervo cultural. Por lo que buscar una traducción diferente para un texto complejo no sólo se presentaba innecesario para los traductores, sino que ellos, siguiendo la lógica de la cultura occidental apegada al castigo y al garrote consideraron totalmente normal preferir una traducción por sobre otra.

La clave del texto es la expresión “vara”, en hebreo shébet, literalmente brote. No era una vara para castigar. Se usaba para “afirmar y guiar” a los “brotes” o las “ramas delgadas”. Metafóricamente significaba guía, orientación. Pero la palabra en sí misma no nos sirve mucho porque está asociada, en este versículo a “azotar”.


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: ¡Háblame Señor!

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