22 mar. 2018

La bondad no se olvida



“No niegues un favor a quien te lo pida, si en tu mano está el otorgarlo” (Proverbios 3:27)

La memoria es frágil, sin embargo, los actos de bondad, difícilmente se olvidan, quedan grabados a fuego en nuestra existencia.

Perdí a mi padre cuando tenía 13 años. De algún modo lo habíamos perdido algunos años antes cuando se convirtió en un punto de referencia en nuestra vida, pero ausente, silente y lejano, como si no existiera. Cuando se fue para no volver más ni siquiera a tener algo de comunicación, nuestra vida tomó un giro difícil, pero no dramático. Mi madre nos enseñó que siempre tendríamos a nuestro Padre celestial.

Comencé a trabajar a los 9 años. Mi primer trabajo fue de vendedor de ropa en una feria. Luego a los 10 años era el comprador mayorista de un almacen. A los 12 años ya sabía exáctamente cómo ganar dinero para vivir. Cuando decidí estudiar lo hice sabiendo que no sería fácil, pero sabía que era el camino para hacer algo diferente a lo que hacían mis compañeros del barrio, la mayoría de los cuales terminó en la cárcel, o murieron en peleas de borrachos o desaparecieron en alguna calle en alguna juerga de drogas. Soy un sobreviviente y no dejo de agradecerle a Dios por eso, porque fue el evangelio el que me ayudó a salir.

Nunca padecí hambre pero hubo momentos de necesidad. Mientras estudiaba en un colegio cristiano, en las mañanas salía a vender pan para pagar la colegiatura, en las tardes estudiaba y en las noches hacía pequeños trabajos para tener dinero extra.

Un mes se me rompieron las suelas del único par de zapatos que tenía. No tenía algo extra para comprar otros o enviar a arreglar los que tenía. Estaba juntando dinero, pero pasarían varias semanas antes de que tuviera lo suficiente. Así que hice la rutina de ponerle un pedazo de cartón dos veces al día dentro de los zapatos y papel de diario para protegerme del frío y la humedad. Estaba bien con eso.

Pero un día apareció Claudio, no sé cómo vio mis zapatos, pero llegó con un par de los suyos y me obligó a recibirlos. Esos actos de bondad nunca se olvidan, porque son desinteresados, como lo es la bondad verdadera.



Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: ¡Háblame Señor!

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