19 jun. 2018

¿Limpios?



“¿Quién puede afirmar: ‘Tengo puro el corazón; estoy limpio de pecado?’” (Proverbios 20:9)

La presunción religiosa de alguien supone más santidad que otro. Los “santos” creen que están por sobre otros, en su autoengaño creen que han alcanzado un grado superior.

La pregunta del versículo es retórica: “¿Quién puede afirmar que es puro de corazón y está limpio de pecado?”. La pregunta sugiere que el autor del Proverbio no sólo considera osado sino también extraño que alguien suponga que está en una posición de pureza y libertad del pecado que lo hace ser distinto a otros.

Los “santos” fariseos están destruyendo las iglesias. El enemigo de Dios no ha podido destruir el evangelio con persecusiones externas, pero si lo está logrando con los que se arrogan a sí mismos la tarea de ser conciencia de otros porque, supuestamente ellos están libres de pecado.

El fariseísmo aparte de ser un autoengaño es una condición mental enajenada. Quienes suponen que están libres de pecado o son personas con un grado de negación patológico o simplemente, hábiles engañadores que en privado saben perfectamente quiénes son y conocen sus debilidades personales.

Hace años terminé de predicar un sermón y a la salida alguien, muy solemne me dice: “Se equivoca pastor, yo dejé de pecar hace seis meses”.

Sólo atine a decirle: “Siento mucho decirle, pero acaba de cometer pecado eso se llama presunción, orgullo y vanidad”.

La negación de la propia condición lleva a los que se creen santos a convertirse en acusadores y verdugos de sus propios hermanos. No entienden la debilidad humana y no saben que al cielo no se llega por esfuerzo en portarse bien, sino por la constancia de permanecer unidos al Señor, el único que pudo.

“No tenemos derecho a legislar las conciencias de los cristianos cuando Dios las ha dejado libres” (R. C. Sproul).


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: Reflexiones al amanecer


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18 jun. 2018

La agenda torcida



“Respondió Jesús, y díjole: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3)

Cuando hay una agenda torcida y oculta, esto se evidencia en todas las interpretaciones bíblicas que se realizan. Se cae en lo que los especialistas llaman “eisegésis”, es decir, añadir y no “exégesis”, es decir, extraer. Ponen en la Escritura lo que no está y no extraen de ella lo que sí está.

Al “analizar” este versículo de Juan, que es parte de la conversación de Jesús con Nicodemo, le hacen decir a Cristo algo que él nunca dijo.

En la interpretación de los judaizantes contemporáneos, “ver el reino de Dios” depende de “nacer de nuevo”, en otras palabras, cuando aceptas a Cristo, haces una parte que justifica tus pecados pasados, pero de ahí en adelante, tienes que convertirte en justo por medio de la obediencia, mostrar que realmente hay conversión en ti, y la prueba de discipulado y salvación, es para ellos, tu obediencia, que no es sólo fruto, también es condición, porque de no haber perfección en tu obediencia, simplemente, no serás salvo.

Es una concepción teológica retorcida, simplemente, la divinidad y su gracia no es suficiente, el ser humano, debería “aportar” obediencia, para ser salvo.

Lo que no alcanzan a captar, porque simplemente, en su orgullo fariseo no lo quieren hacer, es que la renovación, el cambio, la regeneración, la obediencia, son frutos de la acción de Dios en la vida del creyente, pero eso es sólo evidencia, nunca condición, porque si lo fuera, en la práctica anularía la gracia haciendola inefectiva para la vida del creyente. Sería gracia parcial e insuficiente.

“El legalismo está por todas partes. Las personas están intentando llegar al cielo mediante sus propias obras. O, habiendo comenzado en fe, están volviendo a las obras, que es trágico” (David Pawson)


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
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17 jun. 2018

El talón de Aquiles del legalismo



“El necio divaga contemplando vanos horizontes” (Proverbios 17:24)

El gran problema del legalismo es que no percibe su propia debilidad. Quienes hacen énfasis en la obediencia y en las obras, están envanecidos en la soberbia de su propio horizonte. El legalismo es una distorción macabra del evangelio.

El legalismo no enfatiza la acción divina sino la obediencia humana. El legalismo no se concentra en la obra divina sino en la acción humana. El legalismo supone que la obra de la cruz es incompleta y necesita lo humano para completarla. El legalismo carece de amor y está lleno de intolerancia y oposición.

El legalismo lleva a la sospecha y la persecusión sin respetar el libre albedrío y la capacidad humana de reflexionar y elegir. El legalismo pone su mira en el ser humano y no en Dios, por eso es una más una antropología que una teología. El legalismo, es en suma, una distorción satánica de la verdad bíblica que lleva a la exaltación, el orgullo, la vanidad propia y denominacional, a la exclusión, a la discriminación y al triunfalismo. El legalismo es la forma que ha elegido el enemigo de Dios para que pongamos nuestra mira en el ser humano y dejemos de contemplar la cruz.

Como diría Morris L. Venden en su libro Nunca sin un intercesor: “Es una ley espiritual que cuando nos miramos a nosotros mismos, somos vencidos. Pero cuando miramos a Jesús, somos vencedores” (Venden, 1998, 41). Cuando me encuentro con un legalista siempre me hace sentir como el más indigno de los pecadores sin esperanza, y como un individuo que nunca alcanzará la norma. Los legalistas llevan a la frustración y la angustia.

Cuando conozco el evangelio sé que soy pecador con esperanza. Puedo refugiarme en Jesús, en su gracia, en su amor, en bondad. En Cristo me se protegido y encuentro paz. En el legalismo sólo se encuentran desiertos yermos y vacíos de bondad.

“El legalismo es claramente un enemigo de la libertad” (David Pawson).


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
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16 jun. 2018

El engaño de la justificación parcial



“No por obras de justicia que nosotros habíamos hecho” (Tito 3:5)

El texto de Pablo es claro: Somos salvos no por obras de justicia que procedan de nosotros mismos, sino por la misericordia divina. Hasta allí parece claro, pero como los legalistas agregan su propia agenda su interpretación se tuerce.

Varios fariseos contemporáneos tiran por tierra la primera frase de Pablo en Tito 3:5 y dicen: “Claro, eso es justificación para los pecados pasados”, es decir, de ahí en adelante hay que “mostrar” por medio de la obediencia si se es completamente salvo. En otras palabras, lo hecho por Cristo en la cruz no es suficiente. Debe haber regeneración que sumado a lo logrado por Cristo en su encarnación es lo que nos salva.

En otras palabras, el sacrificio de Cristo no es suficiente. Los humanos “debemos llegar a ser justos para ser justificados”. Una sutil forma de legalismo que trae oprobio para el evangelio.

Se cuelgan en sus presupuestos de la frase siguiente de Pablo a Tito: “Por el lavacro de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo”, en sus mentes legalistas, no es suficiente que Jesús muriera y resucitara, tenemos que ser “regenerados” y “renovados” para llegar a ser salvos, y eso se prueba en la obediencia.

El problema es que es una inferencia fuera de contexto. Pablo usa metafóricamente el concepto “lavacro”, que se refería al lavatorio que usaban los sacerdotes antes de entrar al santuario, un símbolo de que “sin el agua no hay pureza”, y el agua representaba exclusivamente a Cristo.

Olvidan las expresiones del versículo 6 y 7 que dice que Jesús “derramó” en nosotros regeneración y renovación, para ser justificados y “herederos” de la gracia. Es decir, nada humano, todo de origen divino, por mucho que a los fariseos modernos les pese.

“Creer que seamos justificados por nuestras buenas obras independientemente de la fe es aceptar la herejía del legalismo” (R. C. Sproul)


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
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