18 jun. 2018

La agenda torcida



“Respondió Jesús, y díjole: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3)

Cuando hay una agenda torcida y oculta, esto se evidencia en todas las interpretaciones bíblicas que se realizan. Se cae en lo que los especialistas llaman “eisegésis”, es decir, añadir y no “exégesis”, es decir, extraer. Ponen en la Escritura lo que no está y no extraen de ella lo que sí está.

Al “analizar” este versículo de Juan, que es parte de la conversación de Jesús con Nicodemo, le hacen decir a Cristo algo que él nunca dijo.

En la interpretación de los judaizantes contemporáneos, “ver el reino de Dios” depende de “nacer de nuevo”, en otras palabras, cuando aceptas a Cristo, haces una parte que justifica tus pecados pasados, pero de ahí en adelante, tienes que convertirte en justo por medio de la obediencia, mostrar que realmente hay conversión en ti, y la prueba de discipulado y salvación, es para ellos, tu obediencia, que no es sólo fruto, también es condición, porque de no haber perfección en tu obediencia, simplemente, no serás salvo.

Es una concepción teológica retorcida, simplemente, la divinidad y su gracia no es suficiente, el ser humano, debería “aportar” obediencia, para ser salvo.

Lo que no alcanzan a captar, porque simplemente, en su orgullo fariseo no lo quieren hacer, es que la renovación, el cambio, la regeneración, la obediencia, son frutos de la acción de Dios en la vida del creyente, pero eso es sólo evidencia, nunca condición, porque si lo fuera, en la práctica anularía la gracia haciendola inefectiva para la vida del creyente. Sería gracia parcial e insuficiente.

“El legalismo está por todas partes. Las personas están intentando llegar al cielo mediante sus propias obras. O, habiendo comenzado en fe, están volviendo a las obras, que es trágico” (David Pawson)


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: Reflexiones al amanecer


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17 jun. 2018

El talón de Aquiles del legalismo



“El necio divaga contemplando vanos horizontes” (Proverbios 17:24)

El gran problema del legalismo es que no percibe su propia debilidad. Quienes hacen énfasis en la obediencia y en las obras, están envanecidos en la soberbia de su propio horizonte. El legalismo es una distorción macabra del evangelio.

El legalismo no enfatiza la acción divina sino la obediencia humana. El legalismo no se concentra en la obra divina sino en la acción humana. El legalismo supone que la obra de la cruz es incompleta y necesita lo humano para completarla. El legalismo carece de amor y está lleno de intolerancia y oposición.

El legalismo lleva a la sospecha y la persecusión sin respetar el libre albedrío y la capacidad humana de reflexionar y elegir. El legalismo pone su mira en el ser humano y no en Dios, por eso es una más una antropología que una teología. El legalismo, es en suma, una distorción satánica de la verdad bíblica que lleva a la exaltación, el orgullo, la vanidad propia y denominacional, a la exclusión, a la discriminación y al triunfalismo. El legalismo es la forma que ha elegido el enemigo de Dios para que pongamos nuestra mira en el ser humano y dejemos de contemplar la cruz.

Como diría Morris L. Venden en su libro Nunca sin un intercesor: “Es una ley espiritual que cuando nos miramos a nosotros mismos, somos vencidos. Pero cuando miramos a Jesús, somos vencedores” (Venden, 1998, 41). Cuando me encuentro con un legalista siempre me hace sentir como el más indigno de los pecadores sin esperanza, y como un individuo que nunca alcanzará la norma. Los legalistas llevan a la frustración y la angustia.

Cuando conozco el evangelio sé que soy pecador con esperanza. Puedo refugiarme en Jesús, en su gracia, en su amor, en bondad. En Cristo me se protegido y encuentro paz. En el legalismo sólo se encuentran desiertos yermos y vacíos de bondad.

“El legalismo es claramente un enemigo de la libertad” (David Pawson).


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: Reflexiones al amanecer


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16 jun. 2018

El engaño de la justificación parcial



“No por obras de justicia que nosotros habíamos hecho” (Tito 3:5)

El texto de Pablo es claro: Somos salvos no por obras de justicia que procedan de nosotros mismos, sino por la misericordia divina. Hasta allí parece claro, pero como los legalistas agregan su propia agenda su interpretación se tuerce.

Varios fariseos contemporáneos tiran por tierra la primera frase de Pablo en Tito 3:5 y dicen: “Claro, eso es justificación para los pecados pasados”, es decir, de ahí en adelante hay que “mostrar” por medio de la obediencia si se es completamente salvo. En otras palabras, lo hecho por Cristo en la cruz no es suficiente. Debe haber regeneración que sumado a lo logrado por Cristo en su encarnación es lo que nos salva.

En otras palabras, el sacrificio de Cristo no es suficiente. Los humanos “debemos llegar a ser justos para ser justificados”. Una sutil forma de legalismo que trae oprobio para el evangelio.

Se cuelgan en sus presupuestos de la frase siguiente de Pablo a Tito: “Por el lavacro de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo”, en sus mentes legalistas, no es suficiente que Jesús muriera y resucitara, tenemos que ser “regenerados” y “renovados” para llegar a ser salvos, y eso se prueba en la obediencia.

El problema es que es una inferencia fuera de contexto. Pablo usa metafóricamente el concepto “lavacro”, que se refería al lavatorio que usaban los sacerdotes antes de entrar al santuario, un símbolo de que “sin el agua no hay pureza”, y el agua representaba exclusivamente a Cristo.

Olvidan las expresiones del versículo 6 y 7 que dice que Jesús “derramó” en nosotros regeneración y renovación, para ser justificados y “herederos” de la gracia. Es decir, nada humano, todo de origen divino, por mucho que a los fariseos modernos les pese.

“Creer que seamos justificados por nuestras buenas obras independientemente de la fe es aceptar la herejía del legalismo” (R. C. Sproul)


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
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15 jun. 2018

La única obra que cuenta



“Pon en manos del Señor todas tus obras” (Proverbios 16:3)


El evangelio no se basa en la obra humana sino en la acción divina. No se centra en el ser humano y su obediencia, sino en la obediencia de Jesús y su acción vicaria, es decir, de sustitución del ser humano. Olvidar este concepto tan básico en el cristianismo es enredarse en las sinuosas aguas del legalismo.

El legalismo hace creer, erróneamente, que seremos juzgados por lo que hacemos, como si de alguna manera fuéramos capaces de hacer algo que garantizara que seamos aceptados por Dios por medio de nuestros méritos. El legalismo ciega, porque no percibe que el problema no son los “pecados” sino “el pecado”, es decir, la naturaleza que hemos heredado y que nos separa de Dios desde el momento de nuestro nacimiento.

El legalismo, con su énfasis en la obediencia, nos hace creer que Dios nos acepta por lo que hacemos y no por lo que somos: Pecadores cubiertos con la gracia divina. No hay que tener miedo, ni siquiera a ser examinados por Dios. Porque al ser cubiertos por la gracia de Jesús, somos perdonados plenamente.

En el contexto de la naturaleza pecaminosa que tenemos, no hay obra alguna que hagamos que nos haga aceptos ante Dios. Lo único que nos protege es refugiarnos en la gracia de Dios.

Los judíos legalistas del tiempo de Cristo, con su énfasis en la obediencia, le preguntaron a Jesús:

—¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras que Dios exige? (Juan 6:28).

La respuesta de Jesús fue clara y sin ambigüedad:

—Ésta es la obra de Dios: que crean en aquel a quien él envió (Juan 6:29). No hay otra obra, sólo la de Jesús.

“Si el sacrificio de Jesús es la base de nuestra salvación y Jesús lo pagó todo, todo lo que le adeudo, entonces no debería perturbar nuestra seguridad ni una jota que se investiguen nuestras obras” (Morris Venden, 1998, 52).


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
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