8 ago. 2018

Jesús: Un hombre como todos



“Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó” (Juan 4:6) “Pero mientras navegaban, él se durmió” (Lucas 8:23)

¿Le dolieron las muelas a Jesús? ¡Claro que sí! Y no sólo eso. También perdió los dientes cuando era niño. Le dolió el estómago. Probablemente alguna vez tuvo indigestión. Iba al baño todos los días como cualquiera persona normal. Le dolían las manos cuando trabajaba. Le salían callos cuando las sandalias le apretaban. Le molestaban los mosquitos cuando le picaban y le dejaban aquellas desagradables ronchas en la cara y los brazos.

La tendencia de los cristianos es mitificar a Cristo. En otras palabras, nos hemos olvidado que la encarnación es precisamente lo que dice la palabra. La expresión de la presencia corporal de Dios mediante Jesucristo.

¿Se enamoró alguna vez? ¿Sintió atracción sexual? ¿Tuvo deseos de estrangular a alguien? ¿Sintió el peso del dolor al grado de querer en algún momento morir? ¿Se sintió solo? ¿Necesitaba la compañía de otros seres humanos? Sí. Sin duda. Era ser humano. Y a los humanos nos pasa todo eso. Se enamoró, sintió apetencia sexual, se enojó, sintió deseos amargos de morir, se sintió solo, necesitó el cariño y la simpatía de otros.

Una de las estrategias favoritas del enemigo de Dios es hacernos creer que Jesús no fue humano. Quiere que creamos que estuvo alejado de nuestras realidades cotidianas y por eso no es capaz de entendernos. Pero no es así. La Escritura lo dice con una sencillez extraordinaria: “No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza” (Hebreos 4:15).

Cuando sufrimos él entiende. Cuando la persona que amas no te habla él sabe. Cuando sufres el rechazo y te hacen sentir paupérrimo, no temas, Jesús vivió lo mismo. Cuando otra persona ha hecho algo que te enoja al punto que parece que vas a enloquecer, no te preocupes, Cristo vivió lo mismo. El nos entiende. Cuando sufrimos su mano amorosa nos toca y nos dice:

-Llora, yo sé lo que se siente.


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: Cada vida un universo


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7 ago. 2018

Goliat: Grande pero pequeño

“Hoy yo he desafiado al campamento de Israel; dadme un hombre que pelee conmigo” (1 Samuel 17:10)

Siempre supo que iba a ser gigante. Dicha convicción fue reforzada por lo que le decían y por lo que veía a su alrededor. Crecía más rápido que sus pares y tenía más fuerza que varios de sus amigos juntos. Era respetado y elogiado por su fortaleza física y su estatura.

Nunca supo de fracasos. Se convirtió en engreído y arrogante. Desarrolló los vicios de carácter propio de quienes reciben todo en charola de plata. Fue natural que lo tentaran con el ejército. Las fuerzas armadas no precisan de cerebros, sólo de gente fuerte, especialmente si es altanera y soberbia. Le dio a sus compatriotas esperanzas de triunfos insospechados. Recibió honores y riquezas sólo por tener un don heredado por el cual nunca trabajó.

Cuando llegó el día de batalla contra Israel venía sumido en aires triunfadores. Tenía tras sí una historia de alabanzas y victorias. No sólo era Goliat el gigante. Para su gente era un héroe y un semidiós. La vanidad se cultiva. La soberbia se va construyendo como un edificio al que le van agregando un ladrillo tras otro. El orgullo se extiende por el carácter a fuerza de repetir día a día panegíricos, adulaciones y la creencia de que el que recibe dichos elogios es capaz de las más extraordinarias hazañas.

Cuando apareció David era obvio que se ofendiese. Le enviaban a alguien no digno de su honor. Él estaba por encima de pequeños hombres, no sólo en estatura, sino en la percepción de grandeza que tenía de sí mismo. David, vestido con su túnica de ovejero y con su honda en la mano parecía un adversario indigno. Era como aplastar una hormiga con un tanque blindado. En su petulancia percibía una lucha desigual.

No hizo amague de alejarse cuando vio la piedra. Sintió un dolor profundo a su orgullo cuando la roca se incrustó en su frente. Al caer pudo ver el precio de la presunción. Mordió el polvo de la derrota a manos de un hombre con no más arma que su dependencia de un Dios que él despreciaba.


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: Cada vida un universo


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6 ago. 2018

Un momento crucial



“Se levantaron el rey, el gobernador, Berenice y los demás participantes en la sesión” (Hechos 26:30)

Berenice es mencionada en dos ocasiones en la Biblia y en ambas vinculada con Agripa. A menudo, especialmente quienes suelen hacer lecturas, sólo de la Biblia, sin indagar en la historia ni en otros antecedentes, se quedan con ideas equivocadas, muchas veces he escuchado referirse a Agripa y su “esposa” Berenice.

En realidad, Berenice de Cicilia, también llamada Julia Berenice, y en ocasiones escrito Bernice, era la hermana de Agripa. Era una princesa judía, aunque eso tampoco lo dicen los que hacen lecturas superficiales de la Biblia. Hija de Herodes I, y hermana de Herodes Agripa II, su hermano, mejor conocido por Agripa, así a secas. Pertenecía a la dinastía herodiana, una dinastía títere al servicio de Roma. Quien suele dar datos de su vida fue el historiador judío Flavio Josefo, y mencionada por los historiadores romanos Tácito, Juvenal, Dion Casio y Suetonio.

Ganó reputación por su vida amorosa compleja. Después de varios matrimonios fallidos, pasó buena parte de su vida en la corte de su hermano Agripa, con quien se suponía o rumoreaba en la época una relación incestuosa. Tiempo después comenzó una relación amorosa con Tito Flavio Vespaciano, quien se convertiría en el famoso emperador Tito, y quien terminó la relación con ella, no por que no la amaba, sino porque no le convenía a sus intereses políticos.

Berenice estuvo presente en las dos ocasiones en que Pablo se presenta en la corte de Agripa, luego de ser tomado prisionero. Agripa, y Berenice, saben que Pablo es inocente, y tal como le dice Agripa a Festo: “Si no fuera porque ha apelado al emperador, se le podría poner en libertad” (Hechos 26:32).

Las mujeres como Berenice, aunque tenían poder y estaban presentes en acontecimientos importantes, a menudo estaban en silencio, porque no se les permitía hablar. Eran princesas y tratadas con toda la pompa real de su tiempo, pero de todos modos no eran completamente libres, estaban bajo el yugo más potente de todas las épocas: El prejuicio, el estereotipo y las tradiciones irracionales. Tal como hoy.


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: Cada vida un universo


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5 ago. 2018

Tiempo de arrepentimiento



“Acán respondió a Josué diciendo: Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel, y así y así he hecho” (Josué 7:20)

Hay incidentes bíblicos que parecen desproporcionados. Cuando el pueblo participó en la conquista de Jericó Dios ordenó que no debían tomar nada de lo que encontraran. Sin embargo, un hombre llamado Acán tomó de los despojos un manto babilónico, doscientos siclos de plata, y un lingote de oro (Josué 7:21), luego lo escondió bajo su carpa.

De allí en más la historia se tiñó de sangre y Dios dijo que era a consecuencia de que alguien había transgredido el mandato dado por él. Fue reunido el pueblo y luego de un interrogatorio se llegó a Acán. Cuando finalmente no tuvo opción, confesó su falta. Luego él, junto a su familia fueron llevados a un valle y todo el pueblo los apedreó hasta morir.

¿Hay proporción entre el pecado de Acán y la falta de otros personajes bíblicos? Si se observa la historia, aparentemente Dios fue más magnánimo con David quien cometió adulterio, fue un mentiroso, un polígamo, un asesino y finalmente un hombre sanguinario. O Exequias, quien se ensalzó a sí mismo no dando la honra a Dios. O Caín que asesinó a sangre fría a su hermano. ¿Es que Dios categoriza pecados? ¿Por qué esa drasticidad con Acán y su familia. Seguramente en esa familia había niños pequeños que nada tenía que ver con el pecado de su padre, pero de igual modo fueron condenados.

Este es uno de esos incidentes que se convierten en un verdadero dolor de cabeza a la hora de hacer un análisis de ellos. Dios, que no cambia, no habría actuado de ese modo de poder evitado. Sin embargo, el pueblo de Israel y otros pueblos aledaños estaban tan contagiados con la ley del talión “ojo por ojo y diente por diente” que no entendían otro mensaje. Por doloroso que pueda parecer ese era el único mensaje que ellos podían escuchar

Por otro lado, Acán pudo haberse arrepentido y haber buscado a Dios y su perdón, pero, prefirió esconder y esconderse, hasta que no le quedó alternativa frente a las evidencias. Su confesión llegó demasiado tarde cuando ya no se podía hacer nada.


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: Cada vida un universo


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