12 dic. 2017

La carga de la desilusión



“Pero no lo reconocieron, pues sus ojos estaban velados” (Lucas 24:16)

La desilusión y la angustia tiene un efecto secundario que pocas veces entendemos con claridad. La tristeza ciega. La amargura nos deja tan perplejos que simplemente, dejamos de ver y escuchar. De pronto, nada tiene sentido. Esto es especialmente cierto cuando pasamos por situaciones traumáticas que tiran por el suelo todos nuestros anhelos y proyectos vitales.

Los dos caminantes hacia Emaús sólo unas horas antes habían disfrutado de la presencia de uno que parecía dominar todo, desde las tormentas hasta las enfermedades más difíciles, incluso, aún la muerte. A su lado todo era posible. Sentían que estaban construyendo algo, que eran parte de un movimiento que no sería parado por nadie, pero de pronto, todo se desmoronó. Jesús “ahora había muerto. Su cuerpo, que irradiaba luz, había sido destrozado por las manos de sus torturadores. Sus miembros habían sido descoyuntados por los instrumentos de la violencia y el odio, sus ojos se habían convertido en cuencas vacías, sus manos habían perdido la fuerza, y sus pies la firmeza. Se había convertido en un ‘don nadie’ de tantos. Todo había quedado en nada... Le habían perdido; pero no sólo a él, sino que, juntamente con él, se habían perdido a sí mismos. La energía que había llenado sus días y sus noches les había abandonado por completo” (Neuwen, 1996: 24).

Todos, alguna vez, en este peregrinar que llamamos vida, tenemos nuestro camino a Emaús. Ese momento donde todo el horizonte se convierte en un escenario gris y oscuro, lleno de incertidumbres y dudas. Ese instante que todo se trastoca y ya nada tiene sentido. El hito que nadie quiere vivir, pero que en el fondo, sabemos que está allí, al acecho, porque la vida es tan frágil que todo puede ocurrir en el minuto siguiente, por mucho que intentemos evitarlo, esa sensación de precariedad está allí, siempre.

Los espantapájaros de la fe, esos que están allí al acecho para vendernos amarguras y desilusiones, que se ríen de nuestras ilusiones y sueños, los que se gozan con vernos hundidos en el fango, ellos, los mismos que asesinaron a Cristo, no ven lo que Dios ve: El panorama completo.

Eso es lo que hizo Jesús con estos dos jóvenes del camino de tristeza, mostrarles lo que no estaban viendo. Mirar más allá de las circunstancias y observar el horizonte, y más, mucho más allá de lo que vemos.



Copyrigh: Dr. Miguel Ángel Núñez. 
Del libro inédito: Superando obstáculos 


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