10 feb. 2017

Mujer extranjera


“Júrame por el Señor, el Dios del cielo y de la tierra, que no tomarás de esta tierra de Canaán, donde yo habito, una mujer para mi hijo” (Génesis 24:3)

 
No estoy seguro si los lectores de la Biblia alcanzan a dimensionar la trascendencia del mandato que Abraham impone a su siervo y el silencio del hijo que no dice nada ante la ocurrencia de su padre.
Abraham quiere que su hijo se case, pero no con una mujer de la sociedad en la que habita. La mayoría de ellas son paganas, educadas en una sociedad de dioses y creencias pervertidas. Sin embargo, no envía a su hijo a buscar esposa, envía a su siervo. No lo hace porque no quiere que su hijo se exponga, hay una razón más profunda, Abraham no confía en los criterios de su hijo, de hecho, en los de cualquier persona de su edad que tiene la necesidad de encontrar a alguien. Envía a una persona objetiva para que haga una búsqueda objetiva, una desligada de sentimientos y emociones.


En cierto modo, la decisión de Abraham fue sabia. Isaac corría el riesgo de dejarse guiar por apariencias y no ver lo que su padre deseaba que viera en una mujer, alguien capaz de llevar sobre sus hombros las expectativas de convertirse en padres de una nación.
De alguna forma, aún en sus limitaciones culturales y sociales, Abraham entendía sobre la influencia para bien o para mal que puede ejercer una esposa. Comprendía que en la elección de una esposa para su hijo había mucho más que simplemente formar un matrimonio. Toda la misión por la cual vivía estaba en juego.


El principio sigue siendo válido en la actualidad. El matrimonio no sólo es ejercer un privilegio natural, sino además, exponerse a influencias que pueden dejar marcas indelebles en la vida. Quien se casa, no sólo une su cuerpo al de otra persona, inicia un proyecto de vida con consecuencias incalculables. Unimos nuestra vida. Todo lo que somos y lo que hacemos y haremos. 


Un esposo cristiano se deja influenciar lo mismo su esposa. Son dos personas con las mejores intenciones que colaboran uno con el otro para que la vida del cónyuge se lo más plena posible.


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Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: Ser mujer no es pecado


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