6 abr. 2017

Amor en la era del vacío

 “Si alguien reconoce que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios” (1 Juan 4:15) 
Vivimos una época marcada por la indiferencia. Lipovetsky la llama la “pasión de la nada” donde: “Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan, pero a cualquiera le importa un bledo, es la alegre novedad” (Lipovetsky, 1983:36).
 

Dios, tal como los grandes hitos, ya no están en el horizonte. Eso implica vivir los vínculos sin raíces. Desprovistos de un factor de permanencia que apele a lo eterno o lo trascendente. Lo habitual es vivir la religión como algo externo, separado de la realidad cotidiana y, desde esa perspectiva, como desconextado con las emociones vitales como el amor y por ende, las relaciones de pareja. Lo último que se le ocurre a las personas es apelar a la divinidad como garante de su vida. Eso nos deja con una gran sensación de vacío.
 

La Biblia nos enseña que Dios es la fuente del amor (1 Juan 4:8), no sólo porque la divinidad en esencia es amor, sino porque no es posible amar de verdad y de manera sostenible sin el milagro que implica la acción de Dios en el ser humano (Gálatas 5:22), que implica una transformación literal de nuestras pulsiones naturales, tendientes al egoísmo y el narcisismo, para convertirnos en individuos abnegados y ocupados en la felicidad del otro, condición básica para amar. No es extraño que en la era del vacío lo que abunden son los amores pasajeros y sin futuro, que se busque concientemente el cambio y la novedad, incluso en la pareja.
 

No es para nada novedoso que en este contexto el conocido psicólogo español Rafael Santandreu sugiera que para que el amor funcione hay que cambiar pareja cada cinco años. Según él, “el ser humano no está programado para tener una convivencia basada en la monogamia o en una pareja para toda la vida” (Doménech, 2014). Visto así la relación permanente sería un excepción y no la regla.
 

Es cierto que algunas parejas están condenadas desde un principio a encallar en relaciones rápidas y sin futuro, un poco por la forma en que han encarado las relaciones, sin embargo, el amor tiene hambre de permanencia, vocación de eternidad, elección de continuidad, de otro modo, sólo hablar de amor sería un absurdo y un sin sentido. ¿Por qué hablar de amor si cada cinco años debería cambiar de pareja?
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Copyrigh: Dr. Miguel Ángel Núñez.
Del libro inédito: LAZOS DE AMOR

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