17 nov. 2017

Mi más alto escondite



“Él es mi Dios amoroso, mi amparo, mi más alto escondite, mi libertador, mi escudo, en quien me refugio” (Salmo 144:2a)

La poesía tiene la gracia de poder decir mucho en pocas palabras. La imagen puede más que cientos de vocablos. La expresión “mi más alto escondite” es una forma hermosa de describir el amor protector de ese Dios maravilloso que no busca condenarnos, sino todo lo contrario, hacernos entender que su amor es nuestro amparo y escondite, nuestra libertad, escudo y refugio. Si no entendemos a Dios de esa forma, entonces, no entendemos nada.

Uno de los problemas más dramáticos de la religión y de la religiosidad perversa es la desvirtuación de Dios. Se tiende a mostrar a Dios en términos de venganza y como un implacable justiciero que sólo busca saciar su sed de sangre y dolor, cuando lo que presenta la Escritura es algo totalmente diferente. Lo que motiva a Dios, siempre, en toda circunstancia es el amor.

Dios nos ampara, un concepto que nace en el derecho y es ocupado semana a semana por legisladores de todo el mundo. El amparo es una protección legal. Dios es nuestro amparo frente a cualquier acusación. Él nos protege de quienes lanzan dardos envenenados en nuestra contra. Nos cuida de aquellos que se gozan en describir nuestros errores, como si ese fuera el rol de Dios.

Es nuestro más alto escondite, una expresión que es comprensible para quienes entienden las montañas y los refugios sobre las nubes. A los picos más altos sólo suben las águilas y los cóndores, que pueden ver desde la lejanía la pequeñez de nuestros miedos y conflictos. Dios nos pone allá arriba, en lo alto, donde no llegan la envidia, ni la maldad ni nada que contamine. Es un lugar hermoso y limpio, porque ese es el lugar donde Dios nos lleva siempre.

Dios nos liberta, nos deja en una situación de libre albedrío, donde por ninguna razón nos fuerza o nos obliga a hacer algo en contra de nuestra voluntad. La libertad que él nos otorga es simple y llanamente lo mejor que como humanos tenemos. Y si alguien nos ataca a mansalva él es nuestro escudo que nos protege y nos cuida, especialmente, de los arteros ataques de individuos que no conocen a Dios y se gozan en el sufrimiento ajeno. Por eso, es además, nuestro refugio.



Copyrigh: Dr. Miguel Ángel Núñez. 
Del libro inédito: SALMOS DE VIDA 

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