22 jun. 2018

Nuevo aliento



“La ley del Señor es perfecta: infunde nuevo aliento” (Salmo 19:7)

Se ha manoseado tanto el concepto “ley” que la mayoría de las personas siente un tanto de urticaria con sólo escuchar la palabra. Eso es mérito del legalismo que nos asedia desde siempre. Un fariseísmo que no termina nunca de morir porque está en la esencia misma de una religiosidad que no termina de entender el sentido de la gracia.

En este versículo, por el contrario, el salmista se alegra en la ley e incluso llega a decir que la misma “infunde nuevo aliento”, en otras palabras, revitaliza.

Al contrario, los legalistas presentan la ley como un aguijón que está constantemente punzándonos para que nos portemos bien, en el entendido de que en el primer instante que nos equivoquemos o fallemos a la ley, estamos fuera de la gracia divina.

¿Un hijo deja de ser hijo porque se equivoca? En otras palabras, un padre abandona a su hijo cuando éste comete un error. La respuesta es obvia. Un padre que de verdad ama, nunca haría algo así. Para que un padre no pueda actuar en la vida de un hijo debe ser éste el que no permita la acción del padre en él.

Los padres ponen normas, pero un padre sabio permite que su hijo cometa errores, porque de esa manera hay aprendizaje, pero en ningún momento lo obliga, porque eso provoca reacciones contrarias. Sólo con paciencia y amor, los hijos, en su mayoría, terminan por aprender que realmente el padre los ama y desea lo mejor para ellos.

Lo mismo con Dios. Cuando el legalista presenta la ley, lo hace como una espada de Damocles que pende permanentemente de la cabeza como una amenaza. No hay amor, sino miedo. Lo que lo motiva es el terror a Dios y no el amor hacia él manifestado por su preocupación honesta por la vida de sus hijos.

Un Dios que estuviera sólo ocupado de castigar la desobediencia de sus hijos, terminaría por ser odiado. El rechazo que muchos sienten hacia la divinidad se debe a los vendedores de caos que han mostrado históricamente un Dios ausente, pero, listo para castigar a aquel que osa oponerse a su voluntad. Un Dios así sólo produce repulsa.

“Cómo puede juzgarte Dios por tu pecado cuando ya juzgó a su Hijo Jesús por tu pecado” (Stan Collins).


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Del libro inédito: Reflexiones al amanecer


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